Graneros llenos
“Así es el que hace para sí tesoro, y no es rico para con Dios”.
Lucas 12:21
Muchas veces dedicamos gran parte de nuestra vida a construir un futuro mejor. Trabajamos para tener una casa, alimento, estabilidad económica y bienestar para nuestra familia. Hacemos planes, ahorramos y nos esforzamos por alcanzar nuestras metas. Y todo esto puede ser bueno y necesario. Sin embargo, en medio de tantos esfuerzos, existe un peligro silencioso: llegar a estar tan ocupados construyendo nuestros graneros terrenales que olvidemos cuidar nuestra alma.
En la parábola que Jesús nos presenta, encontramos a un hombre cuya tierra había producido abundantemente. Su cosecha era tan grande que no tenía dónde guardarla. Humanamente, parecía estar viviendo un momento de éxito y prosperidad. Había trabajado, tenía bienes y podía pensar en su futuro. No obstante, cuando examinamos sus palabras, descubrimos que sus pensamientos giraban alrededor de sí mismo: sus frutos, sus graneros, sus bienes y su alma. No encontramos en sus planes gratitud hacia Dios, preocupación por el necesitado ni reconocimiento de que su vida dependía del Señor. Su problema no era tener mucho, sino creer que lo que tenía era suficiente para asegurar su vida y darle descanso a su alma.
Este hombre nos enseña que es posible prosperar materialmente y, al mismo tiempo, descuidar nuestra condición espiritual. Podemos tener una casa llena de provisiones, pero un corazón vacío de oración; podemos tener una agenda llena de proyectos, pero una vida sin comunión con Dios; podemos estar tan preocupados por lo que nos falta que olvidemos agradecer por lo que ya hemos recibido. Incluso podemos trabajar arduamente para ofrecerle un buen futuro a nuestra familia y, sin darnos cuenta, descuidar aquello que más necesita de nosotros: el ejemplo de una vida que honre al Señor y refleje Su amor.
El hombre rico también cometió el error de pensar que podía garantizarse muchos años de tranquilidad. Se dijo a sí mismo: “Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe, regocíjate”. Creía que sus posesiones podían concederle seguridad y satisfacción duraderas. Pero Dios le respondió: “Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma”. Aquella misma noche terminarían sus planes, y todo lo que había acumulado quedaría atrás.
¡Qué solemne advertencia! Podemos hacer planes para los próximos diez o veinte años, pero no tenemos el control absoluto del mañana. Esto no significa que debamos dejar de planificar o trabajar, sino que nunca debemos vivir como si Dios no fuera necesario en nuestros planes. Santiago 4:15 nos recuerda que debemos decir: “Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello”. La verdadera sabiduría consiste en trabajar con diligencia, planificar con responsabilidad y, al mismo tiempo, depender humildemente del Señor.
También debemos preguntarnos qué significa ser ricos para con Dios. No significa comprar Su favor con dinero ni ganarnos la salvación mediante nuestras buenas obras. Significa reconocer nuestra necesidad de Él, confiar en Jesucristo y vivir de acuerdo con Su Palabra, procurando agradarle en cada área de nuestra vida.
Una persona rica para con Dios aprende a ser agradecida en la abundancia y fiel en la escasez; comparte lo que tiene, ama a su prójimo, obedece aunque le cueste y busca agradar al Señor incluso cuando nadie la está mirando.
No vivamos únicamente para dejarles bienes a quienes amamos; procuremos también dejarles el ejemplo de una vida que ama, obedece y honra a Dios. Porque al final, la pregunta más importante no será cuánto acumulamos, sino si vivimos preparados para encontrarnos con nuestro Creador.
Que el Señor nos ayude a recordar que la prosperidad material no garantiza Su aprobación ni demuestra, por sí sola, nuestra riqueza espiritual. Que no confundamos la comodidad con la paz verdadera ni la abundancia material con una vida plena delante de Dios. Que aprendamos a disfrutar con gratitud lo que Él nos permite tener, sin olvidar jamás que nuestra esperanza y nuestra seguridad están en Él.
Leer: Lucas 12-13, Proverbios 28 y Salmos 85-87
Pregunta: ¿Qué quería hacer el dueño con la higuera que no daba fruto, y qué le respondió el viñador?
