Sacrificios

“Y pondrá su mano sobre la cabeza de la ofrenda, y será aceptada para expiación suya”.

Levítico 1:4


El libro de Levítico puede parecer extraño para nosotros: ofrendas, sangre, sacrificios… capítulo tras capítulo hablando de animales, altares y expiación. Pero para el pueblo de Israel, esto no era teoría; era la vida diaria ¿Puede imaginar vivir en ese tiempo?


Cada familia tenía que pensar constantemente en el sacrificio que debía presentar. ¿Será el correcto? ¿Será sin defecto? ¿Será el momento adecuado? El pecado nunca era algo ligero, porque siempre tenía un costo visible. Siempre había que preparar una ofrenda.


Imagine a los niños jugando con los corderos en casa… alimentándolos, cuidándolos, encariñándose con ellos… sabiendo que el más perfecto sería apartado para el sacrificio que pronto vendría. Un animal inocente, criado con cuidado, entregado para cubrir el pecado de otros.


En Levítico, el pecado no era algo abstracto. Se veía. Se tocaba. Costaba sangre.


Ahora miremos nuestra realidad. Hoy ya no llevamos animales al tabernáculo. Ya no vemos correr sangre por causa de nuestro pecado. Y precisamente por eso, corremos un gran peligro: acostumbrarnos al pecado. Lo que antes requería preparación y sacrificio, ahora muchas veces apenas nos incomoda. Lo que antes llevaba a confesión inmediata, ahora se deja pasar.


En lugar de vivir conscientes de que “mi pecado necesita expiación”, comenzamos a vivir como si el pecado no costara nada.


Pero Levítico no exaltaba a los animales; preparaba el camino para Cristo. Jesús es el Cordero perfecto. No fue escogido de un rebaño, sino enviado del cielo. No tenía defecto. No fue forzado. Él mismo se entregó. Su sangre logró lo que la sangre de los animales nunca pudo lograr: perdón completo y definitivo.


Hoy ya no preparamos sacrificios… porque Él se preparó a sí mismo.

Hoy ya no llevamos un cordero… porque el Cordero vino.

Hoy ya no pagamos el precio… porque Él lo pagó por nosotros.


Pero eso no significa que el pecado sea menos serio. Al contrario: si antes el pecado costaba la vida de un animal, y ahora costó la vida del Hijo de Dios, entonces el pecado es más grave de lo que muchas veces pensamos. Levítico nos enseña una verdad profunda: el perdón es costoso.


No vivimos bajo el peso del sacrificio, pero sí debemos vivir con conciencia de su precio. No con miedo, sino con gratitud. No con rituales, sino con reverencia. No con sangre sobre un altar, sino con Cristo sobre una cruz.

Debemos vivir con cuidado, no para ganar el perdón, sino porque el perdón fue carísimo.


Video de hoy: https://youtu.be/9NCs4sRrOxY


Leer: Levítico 1-4; Salmo 39-40; Proverbios 1

¿Qué diferencia había en la ofrenda según quién pecara (sacerdote, congregación, príncipe, persona común)?