El fuego que Dios encendió

“El fuego encendido sobre el altar no se apagará… el fuego arderá continuamente en el altar; no se apagará”.

Levítico 6:12-13


En Levítico 6, en medio de instrucciones sacerdotales, Dios resalta algo que no podía fallar: el fuego del altar debía mantenerse encendido continuamente. No era un detalle ritual, sino una imagen viva de una relación constante entre un Dios santo y Su pueblo.


Ese fuego no fue iniciado por el sacerdote. En Levítico 9 vemos que el fuego descendió de la presencia de Jehová. Dios mismo lo encendió. El hombre no produjo el fuego; solo fue llamado a cuidarlo. Esta verdad es fundamental: toda vida espiritual auténtica comienza con Dios. El llamado, la fe, el deseo de obedecer y servir no nacen de nosotros. Dios enciende el fuego; nuestra responsabilidad es no permitir que se apague.


Aunque el fuego venía de Dios, requería atención diaria. Cada mañana el sacerdote debía acercarse al altar y comenzar quitando las cenizas. Las cenizas eran evidencia de sacrificios aceptados, pero si se acumulaban, terminaban sofocando la llama. Lo que una vez fue señal de vida podía convertirse en estorbo.


Esto nos habla de la necesidad de una limpieza espiritual constante. Incluso experiencias pasadas, viejos hábitos o formas de servir que Dios usó antes pueden impedir lo que Él quiere hacer hoy si no aprendemos a soltarlos. El corazón necesita ser revisado con regularidad. La confesión, el arrepentimiento y la humildad mantienen espacio para que el fuego siga ardiendo.


Luego el sacerdote añadía leña. El fuego no se sostenía solo. No bastaba con que Dios lo hubiera encendido una vez. Debía ser alimentado cada día. De la misma manera, nuestra relación con Dios no se mantiene con una experiencia antigua ni con una fe ocasional. La Palabra de Dios, la oración diaria, la obediencia sencilla y la comunión constante son la leña que alimenta la llama. Dios honra la fidelidad diaria más que la intensidad esporádica.


El sacerdote también debía guardar el fuego. El fuego no se apaga de repente; se apaga lentamente. Primero baja la llama, luego quedan brasas, y finalmente solo cenizas frías. Así ocurre espiritualmente. El descuido, la rutina sin comunión y un corazón distraído apagan poco a poco lo que un día ardía con claridad.


El propósito del fuego era consumir y purificar la ofrenda. El fuego quemaba lo que no pertenecía y dejaba solo lo aceptable delante de Dios. La presencia de Dios sigue obrando así. Su fuego no solo consuela; también purifica. Quema el orgullo, las motivaciones incorrectas y todo lo que no refleja Su santidad. Dios purifica no para destruir, sino para transformar.


Todo esto apunta a Cristo. Él es el sacrificio perfecto ofrecido una vez y para siempre. En la cruz, Jesús soportó el fuego del juicio que nosotros merecíamos. Ahora, por medio de Él, somos aceptados delante de Dios. Ya no cuidamos un altar físico, pero nuestro corazón es el altar donde el fuego de Dios debe arder continuamente.


Dios sigue encendiendo el fuego. Nuestra responsabilidad sigue siendo la misma: quitar las cenizas, añadir leña y guardar la llama, para que lo que Él comenzó en nosotros no se apague, sino que glorifique Su nombre.


Leer: Levítico 5-7; Salmo 41; Proverbios 2

Según Levítico 7, ¿qué partes de la ofrenda de paz pertenecían al sacerdote?